Silvio Frondizi, el poder de las ideas

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29 de septiembre de 2014
Diario Clarín

Aniversario. Hace 40 años una ola de violencia amparada desde el aparato estatal se cobraba centenares de víctimas. Los crímenes cometidos en esos años también han sido calificados de crímenes contra la humanidad. Sin embargo, las causas no prosperan y los culpables no han sido condenados.

Por Leandro Despouy

En pleno día, el 27 de septiembre de 1974, acribillaron en los bosques de Ezeiza a Silvio Frondizi, abogado e intelectual.

Lo ejecutó un comando de la Triple A, la organización criminal dirigida por José López Rega, el poderoso ministro de Bienestar Socia l y Secretario General de la Presidencia de Isabel Perón.

Lo habían secuestrado en su departamento de la calle Cangallo, frente a su esposa, Pura Sánchez; sus hijos, Silvia y Julio; y su yerno, Luis Mendiburu, que acudió en su auxilio y fue asesinado a quemarropa. La calle había sido cortada por la Policía Federal para facilitar el operativo. Los servicios de inteligencia publicaron en los diarios las fotos de la ejecución.

Más de cincuenta balas atravesaron su cuerpo.

“Te vamos a rebanar los sesos”, decían las amenazas que recibía. Su estudio jurídico ya había sufrido dos atentados. Después del asesinato hicieron de su sepelio un feroz despliegue de hostigamiento y represión, secuestrando su ataúd y el de su yerno.

El remitente de la última amenaza llevaba el nombre de Rodolfo Ortega Peña, asesinado días antes con absoluta impunidad por las bandas fascistas que sembraban terror y ejecutaban sus sentencias escrupulosamente, bajo la evidente protección gubernamental.

Estábamos en los inicios del terrorismo de Estado y los centenares de crímenes cometidos en esos años también han sido calificados de crímenes contra la humanidad. No obstante, hasta hoy las causas no prosperan y los culpables no han sido condenados, como si este capítulo tan trágico de nuestra historia no mereciera ser relatado.

A estos y otros asesinatos se sumaron medidas represivas de enorme alcance: Estado de sitio, censura, miles de detenidos, tortura, ley de prescindibilidad, decretos de aniquilamiento, militarización del territorio.

También fueron víctimas de esta política miles de refugiados latinoamericanos que huían de las dictaduras vecinas –como el general Prats– y caían en la trampa de un gobierno constitucional que sentaba las bases del Plan Cóndor para reprimir en la región. El país tiene una deuda enorme con las víctimas del periodo 73-76.

La biblioteca personal y los archivos de Silvio Frondizi fueron requisados por el Primer Cuerpo de Ejército en 1977, en una muestra de saña y a la vez del interés que despertaba su pensamiento en los militares de la dictadura Frondizi era profesor universitario, abogado de presos políticos, un militante pacífico de la izquierda argentina, marxista y humanista, uno de los intelectuales más destacados de su época, miembro de una familia que había dado hombres notables al país. Desde su movimiento, Praxis, alentó debates de gran interés con intelectuales de la talla de Portantiero y Aricó.

Sencillo y austero, con enorme valentía esgrimía sus ideas como únicas herramientas; lo había hecho toda su vida. Como sucede con los grandes hombres, su pensamiento lo sobrevive, brinda respuestas a su propia vida e ilumina la traza terrible de una época. Su obra filosófica y política es reveladora de sus aportes a la realidad argentina e internacional.

Colaboré con él en la Universidad de Buenos Aires; compartí con Frondizi una amistad sólida e innumerables defensas de presos políticos. Ese funesto 27 de setiembre teníamos una audiencia judicial, en defensa de varios detenidos; por la mañana se comunicó conmigo explicándome que tenía dificultades para asistir, de modo que se llevó a cabo sin él. A las 14:20, el juez me comunicó que había sido asesinado y propuso suspender la audiencia.

“No la suspenda, como Frondizi lo habría hecho”, le dije. Fue mi última defensa en la Argentina, antes de partir al exilio.

Él sabía que lo podían matar y quizá tuvo la certeza el día en que el ministro de Justicia, Antonio Benítez, le aconsejó que viajara a Italia, porque temía por su vida. Silvio le dijo que no se iría “mientras en el país se reprima y persiga a los jóvenes, a muchos de los cuales yo mismo he empujado a creer en la libertad y en los ideales del hombre nuevo … Permaneceré con ellos”. El experimentado y valiente profesor tenía conciencia de la hoguera de sangre que se instalaba en el país y no le importó estar entre los primeros de los muchos miles que habrían de sucumbir en esos años. Recientemente, su nieto Rocco fue recibido con honores en la Facultad de Derecho de la UBA y dijo: “Fue de grande cuando comprendí de verdad quién había sido este hombre audaz que supo oponerse con la fuerza de sus ideas a la injusticia”.

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