Memoria del Tribunal Russell II – Coloquio – Montevideo, 14 de julio de 2010

Print Friendly, PDF & Email

 

060

Intervención de Leandro Despouy

Muy buenas noches.

Tuve algunas dificultades para llegar a Montevideo y me demoraron varios compromisos pero… ¡cómo no iba a venir! Numerosas razones me traen aquí; probablemente conocen algunas, supondrán otras, pero yo quería compartir con tantos amigos esta noche en Montevideo. Ustedes también saben que entre las cuestiones que más me han marcado, una de ellas ha sido, precisamente, mi vínculo con este pueblo, al que conocí en los años más difíciles de mi vida. Esta relación se construyó, además, con muchos de los exiliados, con personalidades uruguayas en ese mundo de parias del destierro, a veces tan adverso.
Para hablarles de Zelmar Michelini, del Tribunal Russell y de algunos temas que tienen enorme actualidad voy a utilizar la misma metodología de quienes me han precedido: lo haré de manera muy breve y probablemente esquemática. Les contaré mi testimonio en el Russell, porque creo que muestra la importancia y las particularidades que tuvo ese Tribunal.
Me recibí de abogado muy joven e inicié una vida intensa dedicada a la defensa de perseguidos políticos. Lo hice en la Gremial de Abogados de Buenos Aires y mi especialidad eran los asilados latinoamericanos que llegaban a la Argentina. Entonces, por el 73 y 74, mi país  se iba a transformar en una verdadera trampa internacional  de desamparados que llegaban buscando protección a un país que todavía tenia autoridades constitucionales pero en la que estaba germinando lo que podemos llamar  “el huevo de la serpiente” de una de las dictaduras más perversas del mundo, la que exportó en forma masiva la siniestra metodología de las desapariciones forzadas de personas: nuestros desaparecidos.

Defendí profesionalmente a muchos uruguayos y latinoamericanos en la Gremial; paradójicamente, mañana nuevamente tengo que declarar en un juzgado, en Argentina, por temas vinculados justamente a las cuestiones  de uruguayos perseguidos en mi país por el terrorismo de Estado. Se trata de la megacausa contra la Triple A[1], iniciada en la Justicia en 1975 que, luego de un extenso letargo, fue revivida en 2008, cuando la Cámara Federal definió aquellos delitos como de lesa humanidad y, por ello, imprescriptibles. Esos delitos todavía están impunes.

 

Lo cierto es que fueron muchas las defensas que hice en el 74. Entonces, uno de los recursos para dificultar o impedir las defensas era identificar al abogado con su cliente. Así fue como asesinaron a Silvio Frondizi,  Rodolfo Ortega Peña,  Alfredo Curuchet… todos abogados muy conocidos. Ya lo habían hecho con otros,  a los que se sumaron los que vendrían.

 

Silvio Frondizi era por esos años una figura de leyenda entre los jóvenes por su inteligencia, compromiso y coraje. Sufrió dos atentados en su estudio, estaba sentenciado a muerte por la Triple A. Él y yo éramos  codefensores en la misma causa; lo asesinaron el día de la audiencia, el 27 de setiembre de 1974 y esa fue mi última defensa en la Argentina. Después de algunas peripecias partí al exterior y cuando llegué a Europa me fui encontrando con muchísimos uruguayos que habían llegado antes que yo. Había defendido a algunos de ellos en la Argentina. Eso explica también cómo fuimos construyendo solidaridades de una forma muy espontánea, quizá algo artesanal. En enero de 1975, en Bruselas, me encontré en el Tribunal Russell con otros refugiados. Todavía no estaban institucionalizadas las instancias internacionales ni los organismos de protección de los derechos humanos. El Russell era, en germen, la expresión más auténtica de la solidaridad internacional.
Sabíamos que en el Tribunal Russell, en 1966 –en sus sesiones por los crímenes de guerra cometidos por los Estados Unidos en  Vietnam–, primero en la sesión de Estocolmo, bajo el amparo del gobierno de Olof Palme, y luego en la de Copenhague, habían participado reconocidas personalidades de la ciencia y la cultura. El Russell fue retomado con mucha fuerza y vigor por Lelio Basso,  un gran internacionalista, jurista, filósofo y político italiano que haría una gran contribución al desarrollo de ramas importantes del derecho internacional. Eso, en parte explica que luego el tribunal se continuara en el Tribunal de los Pueblos y que la Fundación Internacional Lelio Basso[2] –que atesora un patrimonio bibliográfico y un archivo histórico  formidable– sea hoy un referente incuestionable en materia de derechos humanos.
Pero mi arribo a la segunda sesión del Tribunal fue un poco artesanal. Llegué a París ya exiliado y me encontré con que argentinos y uruguayos, algunos de ellos artistas, que habían actuado contra las dictaduras anteriores a los 70, habían formado un comité de solidaridad. Ellos  me dijeron  que el Tribunal Russell estaba reunido en Bruselas para tratar la situación en Uruguay y Chile  –ya había examinado también la de Brasil–  pero no tenía previsto analizar la situación en Argentina porque había un gobierno constitucional. Como la situación argentina era tan grave, me dijeron que hablarían con Gabriel García Márquez y con Julio Cortázar para que yo pudiera testimoniar, o hacer que leyeran mi testimonio. Así, de una manera totalmente improvisada, con el pasaporte con dificultades, llegué a Bruselas  –afortunadamente acompañado por Gisèle Halimi[3], que ya era una dirigente de gran prestigio– y permitieron que ofreciera mi testimonio. Muchos años después lo recogí de las actas del Tribunal  y fue publicado en dos libros[4].  En enero de 1975, en Bruselas, hablé en nombre de los abogados argentinos y describí lo que acontecía en mi país. Cada vez que lo leo me doy cuenta de que esas palabras rezuman sangre, porque la verdad es que en la Argentina, desde 1974, se estaba viviendo una aceleración de la violencia y situaciones de una  gravedad inusitada. También denuncié la situación  dramática de los refugiados latinoamericanos en Argentina, en tanto se había puesto en marcha la maquinaria de cooperación entre las dictaduras para perseguir en territorio argentino a chilenos, paraguayos, brasileños, uruguayos… y también argentinos.

 

Cuando termino mi testimonio, advierto que uno de los jurados se levanta de su banca, se sienta entre el público y toma el micrófono. Era Julio Cortázar. Dijo, conmovido por el relato de las atrocidades que estaban sucediendo en nuestro país: “Quiero decirles que hago mías las palabras de este compatriota sobre la situación en la Argentina”. Yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo en el Russell. Es cierto que los hechos en Argentina y en la región eran sumamente graves pero es indudable que el gesto de Cortázar habilitó su tratamiento con una profundidad mayor.

 

Súbitamente, un velo se había descorrido e invité  a la comunidad internacional a seguir de cerca el desarrollo de los hechos. Era evidente que se avecinaban momentos sombríos en la Argentina. Esa tarde, Cortázar y yo dimos juntos una  conferencia de prensa. Cortázar era entonces el escritor que cautivaba a la juventud del mundo con su novela Rayuela. Su condición de latinoamericano y su compromiso político y social completaban un perfil sumamente atractivo; también los periodistas estaban seducidos por su fascinante personalidad. La conferencia de prensa tuvo una formidable repercusión[5].
En esa época no estaban institucionalizados los mecanismos que hoy brinda el derecho internacional, ni las comunicaciones  globalizadas. El Tribunal Russell era el tribunal de opinión con mayor credibilidad, prestigio  y trascendencia en el mundo. Lo integraban personalidades muy reconocidas y en su seno se debatía y se hacían las principales revelaciones y alegatos sobre lo que ocurría. Fue un escenario testimonial muy original y un precedente de enorme valor. Faltaban más de treinta años para que se crearan tribunales penales internacionales y el derecho a la verdad forjara una estatura que le daría exigibilidad jurídica.

 

Lo cierto es que estas sesiones tuvieron mucha trascendencia y el Tribunal me pidió que me quedara y diera un nuevo testimonio al día siguiente, acompañando a algunos uruguayos que se presentaban porque habían sido victimas de persecución en la Argentina. En esa segunda presentación acompañé a la señora Olga Gonda de Jabif, uruguaya, que estaba exiliada en Suecia. Ella denunció el secuestro y asesinato de tres jóvenes refugiados uruguayos: su hijo Guillermo Jabif, Daniel Banfi y Luis Latronica.

 

Ese caso –y también el asesinato de Silvio Frondizi– está en la carátula de la causa contra los crímenes de la Triple A que ya mencioné. Estos y muchos otros hechos están relatados en mi testimonio en el Tribunal Russell; hoy constituyen importantes elementos  de prueba para investigar los numerosos asesinatos que se produjeron en el país entre 1973 y 1976.
Denuncié en el Russell, pocos días después  de que hubiera ocurrido, el secuestro de siete uruguayos[6], cinco de ellos asesinados, conocido como “el crimen de Soca” –supuestamente en venganza al crimen del coronel Ramón Trabal en Europa–, donde desapareció también un niño de tres años, Amaral García Hernández, que es, hasta hoy, uno de los primeros casos de secuestro de niños; esto sucedió el 8 de noviembre de 1974 y el caso fue tratado en la causa contra Bordaberry. En 1985, el niño fue localizado en Argentina por Abuelas de Plaza de Mayo y devuelto a su familia.

 

Esta es una prueba más de que la desaparición forzada, en mi país, comenzó antes del golpe de Estado de 1976; y de que el secuestro de niños y adultos se inició en ese periodo. Hago esta reflexión porque entiendo que el Tribunal no solamente tuvo una validez y vigencia históricas de iniciación y cimiento de un movimiento internacional de solidaridad sino que, por una paradoja del destino, mañana voy a testimoniar en la causa con respecto a estas víctimas uruguayas.
También en el Russell atestigüé sobre la situación de otro  uruguayo, Carlos Antonio Rodríguez Coronel, del cual había perdido el rastro. Había sido detenido en la Argentina en 1974, lo trasladaron ilegalmente al Uruguay, fue torturado… Gracias a la presentación del libro El derrumbe del negacionismo, en Montevideo[7], pude reencontrarlo. Se había exiliado en Suecia. Y a pesar del tiempo transcurrido, nuestra memoria ayudará a investigar hechos de un pasado terrible.
Muchas cosas podría contar porque, como dije, mi vida estuvo siempre muy vinculada al Uruguay. Yo conocí a un Zelmar legendario. Como todos sabemos, ya en los 60 era una figura pública del Uruguay cuyo mito había cruzado las fronteras. Brillante, temerario, valiente… Dueño de un estilo enérgico, una prosa inteligente, una oratoria fascinante y a la vez categórica, Zelmar desbordaba atractivos, inteligencia y  humanismo. En Buenos Aires seguíamos sus debates parlamentarios y sus advertencias ante el avance del militarismo en el Uruguay.

 

Desde que Juan Maria Bordaberry decidió ser su propio golpista, el 27 de junio de 1973,  y se intensificaron las persecuciones políticas en el Uruguay, “la otra orilla” fue un refugio rápido y conocido, como siempre lo ha sido en la historia rioplatense. Rodeados por las dictaduras brasileña y paraguaya, los uruguayos llegaron en masa a la Argentina, pero pronto advirtieron que habían caído en una encerrona mortal porque en mi país había comenzado el terrorismo de Estado a través de la Triple A. Pese a las difíciles condiciones que debían afrontar los exiliados en materia de trabajo, vivienda y seguridad para sus hijos y familia, desde Buenos Aires se podía hacer –y, de hecho, se hacía– política hacia el Uruguay. Esto molestaba a ambos gobiernos; el uruguayo desplegó en Argentina servicios de inteligencia y efectivos militares y policiales que seguían atentamente –y desde el lugar que les facilitaba el gobierno argentino– los pasos de Wilson Ferreira Aldunate, Zelmar Michelini, Enrique Erro y el de muchos militantes exiliados.

 

Recordemos que Zelmar –al igual que Gutiérrez Ruiz y otros– renunció a su condición de refugiado y tramitó la residencia permanente en Argentina para poder viajar libremente e informar en  organizaciones internacionales sobre la trágica situación que se vivía en el Uruguay. En ese contexto se inscribe su participación en el Russell, en la primera sesión, en Roma, en 1974. Con posterioridad, en junio de 1975 se le denegó la residencia; al mismo tiempo, el gobierno uruguayo le canceló el pasaporte –como a otros políticos uruguayos que estaban en Argentina– y se ordenó su expulsión del país. Era la forma de acabar con él: la expulsión no se le notificó; fue secuestrado y pocos días después, como sabemos, asesinado por la dictadura.

 

En apenas dos años se había demolido una familia. Zelmar Michelini había hecho su alegato en el Tribunal Russell, en Roma, el 14 de marzo de 1974. El impacto de su testimonio –hoy tan conocido– fue muy grande. Su análisis de la tortura como un factor de sometimiento político es sin duda, un aporte esclarecedor sobre las características de las políticas que se impusieron no sólo en Uruguay sino en cada uno de nuestros países del Cono Sur americano regidos por dictaduras[8]. Desde mediados de los años 50 la tortura adquiere “reconocimiento” como un arma de guerra en la llamada “lucha antisubversiva” que eclosiona a fines de los 60, en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional, y se instaura en los 70. Michelini lo sabe y lo dice; desmenuza la situación política y las nefastas perspectivas para la región en ese período de destrucción de las instituciones democráticas y reinado del terror. La lucidez y precisión de su análisis, sobre todo en momentos en que no contábamos con información sobre todos los factores que estaban en juego, es encomiable. Zelmar fue una víctima escogida por su ejemplaridad. Su asesinato, el 20 de mayo de 1976, en Buenos Aires, junto al de Héctor “el Toba” Gutiérrez Ruiz, William Whitelaw y Rosario Barredo, ya en plena dictadura argentina, es una muestra clara de ello.

 

Nosotros, en Buenos Aires, además de prestar asistencia jurídica en la Gremial, participábamos en los actos de solidaridad que permanentemente se organizaban. Quiero recordar la significativa presencia de Michelini en un acto en la Federación de Box, en abril de 1974. Recientemente encontré una breve referencia a ese acto, llamado “Acto por la Cruzada de los 33”. Hablaron Erro y Michelini, y seguramente hubo otros oradores que no recuerdo. La intervención de Zelmar fue de una hondura inolvidable. Hoy, tantos años después de aquellos hechos, estar cerca de la Fundación y de sus hijos tiene para mí una significación muy especial y me siento altamente honrado por ello.

 

 

Conclusiones

 

Un tiempo después de que Raúl Alfonsín asumiera el gobierno, fui designado responsable del área de derechos humanos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Ese sector, precisamente, se ocupaba durante la dictadura de la publicidad a favor del régimen militar, por lo que tuvimos acceso a sus registros y encontramos los archivos donde figuraban los nombres de las personas que el ejército había enumerado como los “enemigos de la patria” –entre ellos estaba el mío–, pero también el de Linda Bimbi, que –según la revista Gente de entonces–, era “la articuladora del Tribunal Russell”, descrito como el gran enemigo de la Patria. Decía que desde el Russell actuaba la cara liberal del terrorismo y de la subversión.

 

También quiero recordar hoy a Salvatore Senese, un prestigioso abogado italiano que integró el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (SIJAU), organismo que creamos en Europa en 1976, junto a Hugo Cores, Robert Goldman y Luis Joinet, entre muchos otros. Cuando se normalizó la situación política en el Uruguay, Senese participó de algunas actividades importantes que organizamos en Montevideo; él nos acompañó desde el inicio del Russell.

 

El Tribunal Russell II es, prácticamente, el depositario de la memoria latinoamericana de esos años; allí podemos ver cómo se gestaron y procedieron las dictaduras. Después, el mundo lo supo todo, pero ahí están los testimonios y por eso es tan importante este coloquio y rescatar los alegatos de nuestros prohombres, como Zelmar Michelini. Por otra parte, figuras tan representativas del Russell como el propio Lelio Basso, Linda Bimbi o Salvatore Senese iniciaron con nosotros un camino de solidaridad que no abandonaron nunca.

[1] Causa N° 1075/2006, caratulada “Almirón, Rodolfo Eduardo y otros s/asociación ilícita”, en trámite ante el Juzgado Criminal y Correccional Federal N° 5, Secretaría N° 10, consta respecto de las víctimas: Guillermo Jabif, Daniel Banfi, Luis Latrónica,

 

[2] Hoy denominada  Fundación Lelio y Lisli Basso Issoco. http://www.internazionaleleliobasso.it/

 

[3] Desde marzo de 2010, Gisèle Halimi integra, como jurado,  el Tribunal Russell por Palestina, que se estableció  a partir del llamamiento  de Ken Coates, presidente de la Fundación para la Paz Bertrand Russell. Véase http://www.russelltribunalonpalestine.com/es/

 

[4] Despouy, Leandro, “Julio Cortázar y Leandro Despouy, colaboradores de Bassso en la denuncia Internacional de la represión”, en Lelio Basso: la ricerca dell’utopia concreta, Edup, Roma, 2006, pp. 91-145. Y Bosoer, Fabián-Teruzzi, Florencia, “Leandro Despouy: trayectoria del jurista argentino que llegó a Ginebra”, en El derrumbe del negacionsimo, Planeta, Buenos Aires, 2009.

 

[5] El hecho fue recordado por Despouy en el 90 aniversario de Cortázar. Véase “Cortázar” en http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-40162-2004-08-26.html [N.  de E.].

 

[6] Los cuerpos de Floreal García, Mirtha Hernández, Héctor Brum, María de los Ángeles Corbo (embarazada de cinco meses) y Graciela Estefanell aparecieron acribillados; Julio Abreu sobrevivió y prestó testimonio ante la Justicia uruguaya en 2005  y el otro sobreviviente es Amaral García Hernández.

 

[7] Se presentó el 27 de agosto de 2009. La actividad, organizada por la Fundación Zelmar Michelini y el Consejo Nacional Armenio se realizó en el Centro Cultural de España. Cecilia Michelini presentó el panel integrado por los autores Khatchik Der Ghougassian, Florencia Teruzzi y Leandro Despouy, sumándose a ellos Felipe Michelini y Marisa Ruiz.

 

 

[8] Trece años más tarde, en 1987, tuve el privilegio de presidir la reunión de Estados Partes de la Convención contra la tortura. Este fue un hecho que podría calificar de paradójico, porque en realidad la Argentina había sido el país que más se había opuesto a la elaboración de esa Convención. En 1983, Raúl Alfonsín ganó las elecciones presidenciales y en enero de 1984 se reunió el grupo de trabajo encargado de  poner en marcha la Convención. La Argentina, que había liderado el frente de las dictaduras latinoamericanas en contra del nuevo instrumento, cambió radicalmente su posición y anunció su apoyo. El cambio de posición fue decisivo porque permitió adoptar la Convención. En 1987 todavía perduraban algunas dictaduras en la región, y Suecia, el gran impulsor de la Convención, abdicó en favor de la Argentina su derecho a presidirla, con lo cual dio un majestuoso ejemplo de grandeza moral a los postreros ejemplos dictatoriales que quedaban. Fue así como presidí la reunión de Estados partes de la Convención.