(Video) Julio Cortazar – Rayuela 50 años – Salon Rayuela

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Entrevista a Leandro Despouy: una singular amistad política

 

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Muy tempranamente Julio Cortázar se hizo eco de las denuncias sobre la violación de derechos humanos en Argentina (“aunque en ese momento se hablaba de derechos y libertades civiles”, aclara Leandro Despouy. “Los derechos humanos son un concepto que nace a fines de los 70 y que más tarde será incluido en los tratados internacionales”). En enero de 1975, es decir, bajo el gobierno de Isabelita Perón y la ola de asesinatos de la Triple A, un joven abogado de presos políticos se exilia en Francia. Pocas horas después de llegar es alentado a rendir su testimonio de los crímenes del peronismo lopezrreguista ante el Tribunal Russell, que sesionaba en Bruselas esa misma semana.

Este Tribunal de opinión, creado por el filósofo y premio Nobel Bertrand Russell en rechazo a la guerra de Vietnam, sería un crucial antecedente para la globalización jurídica y precursor de la Corte Internacional de La Haya. El abogado Despouy luego se convertiría en una figura decisiva para los derechos humanos de Latinoamérica ante la ONU –y tiene la fama secreta de haber colaborado en el andamiaje para la detención del dictador Augusto Pinochet en Londres. Desde 2002 preside la Auditoría General de la Nación y es defensor del juez Baltasar Garzón ante los Tribunales españoles. Este es su testimonio de una singular amistad política.

“Conocí a Cortázar en enero de 1975, al comienzo de mi exilio en Francia, en condiciones muy penosas. Cuando yo emigro no se había declarado aún el estado de sitio pero la metodología de la Triple A ya era muy clara y fue el factor que me expulsó del país. Se había producido la detención clandestina de unas 2000 personas; yo pertenecía a un grupo de abogados que defendía a latinoamericanos refugiados en Argentina, que por entonces eran perseguidos por los criminales que integraban el gobierno de Isabel Perón. ¿Qué podía esperarse de un gobierno cuyo canciller y cuyo ministro de Educación proclamaban abiertamente el ideario fascista? Acababa de producirse el asesinato del abogado Silvio Frondizi. Era típico del accionar en esa época que los asesinos tomaron imágenes del cuerpo ejecutado; esas fotos salían publicadas en todos los diarios. Se tiende a olvidar el enorme poder intimidatorio durante ese año previo al golpe, cuando se sucedían los secuestros sin ninguna resistencia posible; la política de intimidación pública también incluía la publicación de la lista de personas que iban a ser asesinadas próximamente por la Triple A: y seguían un orden exacto. Además de este anticipo macabro e inexorable, cuando el sentenciado iba a ser secuestrado, recibía la carta de amenaza firmada por el último muerto. Así, Frondizi recibió la carta personalizada, “Usted es la próximo”, con remitente de Rodolfo Ortega Peña, a quien acababan de ejecutar…

-¿Usted sabía que lo esperaba el Tribunal Russell?

– ¡En absoluto! Apenas llegué a París tomé contacto con un grupo de artistas argentinos que ya llevaban un tiempo ocupándose del tema, como Antonio Seguí y Julio Le Parc, artistas de renombre que articulaban con el pintor chileno Roberto Matta y otros. Después del golpe contra Salvador Allende, el 11 de setiembre de 1973, en Francia todos estaban muy pendientes de las nuevas dictaduras en Brasil y Uruguay. No bien entrego mi pasaporte en París, pidiendo asilo político, me avisan de que en Bruselas estaba por reunirse el Tribunal Russel II, muy abocado a las dictaduras del Cono Sur. Ese era el epicentro del pensamiento progresista en el mundo. Hasta entonces el Tribunal se había resistido a tratar Argentina porque Isabelita era una presidenta electa y constitucional; no parecía una emergencia… En el Tribunal había varios premios Nobel; además estaban el ex presidente dominicano Juan Bosch, Cortázar y Gabriel García Márquez. Me largué a Bruselas, esperando que estuvieran dispuestos a oír mi testimonio sobre Argentina. Primero tomé contacto con García Márquez. Si bien él era un autor conocido, no tenía el rango mítico y la influencia que ya tenía Julio. Pensar que esas sesiones después se conocerían como el Tribunal Cortázar… Yo tenía apenas 25 años.

– ¿Cómo fue ese intercambio inicial?

– Una de las cosas que me impresionó fue su calidez; tenía una modestia infinita que te seducía. Era un hombre visiblemente tierno y el lenguaje que utilizaba para acercarse era el de un gran interés en el otro. Yo creo que él era consciente de su influencia y procuraba no avasallar. Aunque cuando lo conocí él tendría más de 60 años, es cierto que su rostro no delataba su edad, lo cual se prestaba a cierta confusión. Los años solo se le notaban en las manos, por las manchas propias de su edad. Después recuerdo que cuando vi las fotos de nuestra conferencia de prensa posterior –con su barba renegrida- parecía de mi misma edad. El tenía muy claro que era el gran autor del boom en Europa, que reunía las virtudes del narrador y el intelectual. Por esos años, Cortázar enseñaba a pensar, a sentir, a amar.  Pensemos en el auge de las películas basadas en su obra, como Blow-up. Había todo un mundo cultural, que tomaba el paisaje del amor tal como lo retrataba Rayuela. Paralelamente existía esta leyenda de que era Dorian Gray, el que no envejecía. Pero además, uno descubría que el hombre no tenía nada de divo y asumía su rango con una gran elegancia. Era conmovedor encontrar que detrás de esa figura existía un ser tan delicado. El contacto se situaba de entrada en un ámbito íntimo, te motivaba, tocaba las fibras más sensibles. Sí, era muy intimista. Era el tipo capaz de pasar de “La noche boca arriba” al absurdo de las “Instrucciones para subir una escalera”.

-¿Qué piensa hoy de esta primera denuncia internacional? ¿Era realista o se quedaron ustedes cortos?

– Mi testimonio fueron tres o cuatro páginas. Yo hago mi lectura sobre la persecución a la prensa, a los exiliados latinoamericanos, la transferencia de refugiados a otras dictaduras. En rigor, hablamos de los principios del Plan Cóndor que luego Argentina va a exportar a Centroamérica; hablo de los meses en que fueron asesinados el sindicalista del transporte y ex vicegobernador cordobés Atilio López… Le aseguro que esas pocas páginas destilaban sangre. Ahí estaban los signos más visibles de lo que luego serían los procedimientos, dado que el golpe militar se lanza con todo un sistema bien orquestado; ya empezaban las detenciones clandestinas, ya había niños desaparecidos. Y arranco con una fuerte denuncia sobre los refugiados perseguidos. Cuando estoy por concluir, siento a mis espaldas que alguien se levantó desde atrás, donde están los miembros del tribunal. Y toma la palabra él: “Señores del público, quiero presentarme, soy Julio Cortázar. Y aunque soy miembro de este Tribunal quiero hablar como simple integrante de la audiencia porque soy argentino. Avalo en todos sus términos el testimonio de este joven; esto es el anuncio de que debemos prepararnos para ver en Argentina hechos tanto o más tétricos de los que vemos hoy en el resto de América Latina.” Ahí anuncia que daremos una conferencia de prensa por la tarde y que yo me quedaré en Bruselas para seguir informando…  Alguna vez conté que esa misma noche, caminando por Bruselas con él, cruzamos a un turista de Avellaneda, extraviado en una plaza. Cortázar le empezó a preguntar por las calles de Buenos Aires, por detalles del barrio. Le explicó al turista que necesitaba ese contacto con la lengua y la ciudad para mantener viva y auténtica su narrativa. Una vez que lo reencauzamos a su hotel, Julio acabó firmando 30 autógrafos.

 – Eso lo retrata como un sentimental  de tiempo completo –antes de que el emigrado se convirtiera en desterrado. Luego Cortázar ya no podría entrar en el país ni de visita…

-Yo diría que sí, era un hombre sentimental. Todo en sus libros está a flor de piel. El no necesitaba traer grandes personajes ni figuras históricas. Era un tipo muy entrañable, no diría que un romántico ni un nostálgico. Luego, al conocerlo bien, vi que no era melancólico en su trato. Pensaba mucho en el país, era un enamorado de Argentina.

¿Dio la conferencia de prensa esa tarde?

-Sí, allí va a denunciar que es imperdonable que el continente fuera víctima de una ofensiva que estaba destruyendo la vida pública. Luego de ese tribunal, que finalmente se hizo conocido como el “Tribunal Cortázar”, su dimensión intelectual será mayúscula. Se convierte en un pensador.

Desde 1975 usted se quedó en Francia; ¿se siguieron viendo?

– Lo frecuenté mucho en su relación con Carol Dunlop. Eran muy tiernos y compañeros pero siempre muy vinculados a la creación. Nosotros lo cargábamos, “Julio, parecés un pendejo”. Mi relación con él se sostuvo durante años, siempre mediada por las actividades de solidaridad; siempre lo veía en “las galas”. Las galas eran actos de denuncia a las que venían artistas comprometidos para juntar fondos, como Georges Brassens, Paco Ibáñez. Cortázar estaba muy atento y quería ser el articulador. Cuando había que lograr pronunciamientos, ofrecía sin vacilar todos sus contactos, se ocupaba de condenar situaciones. Es el compromiso que se expresa en su literatura de los años 70, el Libro de Manuel y Nicaragua tan violentamente dulce. El acompaña todos esos procesos con entusiasmo y va a encarnar una interpelación sobre las desapariciones forzadas como un fenómeno que asolaba al país. Los argentinos tuvimos el triste privilegio de exportar los métodos represivos. Esto nos llevó a organizar el Coloquio de París “La política de desaparición forzada de personas”, que se realizó en el Senado francés en enero de 1981 y se convirtió en un libro Le refus de l´oubli (Negación del olvido), con prólogo de Cortázar y numerosos testimonios de organismos de derechos humanos. Este Coloquio tuvo una enorme repercusión en Europa.

-Cortázar se fue apenado de su última visita a Argentina, en diciembre de 1983. Moriría en febrero de 1984. Sus últimas cartas reflejan sorpresa por la popularidad encontrada en las calles y también decepción. A mediados de diciembre escribe al editor argentino Mario Muchnik, residente en España: “El reverso de la medalla existe, ay. Aquello sigue siendo un país lleno de chantas, que acusan a los demás de todo lo que pasó pero se excluyen cuidadosamente porque ellos son buenos y valientes y democráticos… La falta de responsabilidad, o su delegación en los demás, sigue siendo el mayor peligro del país”. Además, lo defraudó que no lo recibiera Raúl Alfonsín.

-No lo vi en Buenos Aires en la última visita… El vino de paso, a la vuelta de Chile, porque finalmente le dieron garantías de que podría entrar y salir sin problema. Sobre ese episodio con Alfonsín, supe lo que manifestó la secretaria Margarita Ronco, desmintiendo las muchas versiones que hubo al respecto, por ejemplo, que el presidente electo no quiso verlo. Ella asumió gran parte de la responsabilidad por la mala transmisión de la agenda. Lo último que recuerdo es a un Julio enfermo, preocupado por las muchas transfusiones, y su gratitud hacia Aurora Bernárdez, su primera esposa, que lo asistía tanto. El recuerdo aquí se me confunde con algo que haya leído o que le contó un amigo cubano. Julio le dijo –o nos dijo- que con toda la sangre y las medicinas que tenía en el cuerpo ya le daba fatiga escribir, lo que para él era lo mismo que vivir.

 

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