Jean Jaurès, la fuerza de las utopías

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2 de diciembre de 2014
Diario Clarín

Por Leandro Despouy

Un año de celebraciones en Francia y en el mundo, en el centenario de la muerte de Jean Jaurès, nos empujan a repensar el valor de las utopías, sus huellas en notables personalidades y las esperanzas que imprimen en la sociedad. A fuerza de coraje y convicciones, sin el andamiaje de una presidencia o de relevantes espacios –salvo una banca de diputado–, Jaurès supo intervenir con inteligencia y determinación en el gran debate del siglo XX sobre el sistema socialista que traería la democracia y la conquista de la igualdad, la justicia, la paz y el progreso de los derechos humanos.

Cuando Jaurès arribó a Buenos Aires en 1911, tres años antes de su asesinato, esta era una ciudad marcada por fuertes contrastes entre, por un lado, una burguesía criolla en ascenso y, por otro, la naciente clase obrera –nutrida por un conglomerado de inmigrantes, la mayoría europeos y otros que huían del Imperio Otomano, todos hacinados en miles de conventillos–, organizada en una central sindical socialista y otra anarquista, que desde 1890 conmemoraba el 1° de Mayo y luchaba por la jornada de ocho horas, y una pequeña burguesía emergente que, desde la Revolución del 90, batallaba desde la Unión Cívica Radical contra el fraude y por el sufragio universal y secreto.

Aunque la Argentina ocupaba un lugar preeminente en el mundo, su magnificencia apenas iluminaba algunas zonas de la ciudad de Buenos Aires. Jaurès llegó en el contexto de los excesivos fastos del Centenario de la Revolución de Mayo. Estaba haciendo una gira por Brasil y Uruguay invitado por Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista argentino, que desde 1904 tenía un diputado: el legendario Alfredo Palacios. La invitación había sido hecha durante una reunión en Copenhague (1910), donde Jaurès encabezaba el socialismo francés. En Buenos Aires, pronunció cinco conferencias en el teatro Odeón, en las que deslumbró por su idealismo y su particular y vehemente oratoria, que hizo volar un puño de su camisa entre el público.

Ni Justo ni Jaurès, que participaban en la II Internacional, abjuraban de la potencialidad de la clase obrera, que, proponían, estaba destinada a servir al derecho, la libertad y la humanidad, sin visualizar –como el leninismo– su rol como vanguardia revolucionaria. Su pensamiento era conocido en la Argentina. En 1900, el escritor Manuel Ugarte había publicado en El Tiempo de Buenos Aires, una crónica de la conferencia “El arte nuevo y el socialismo” pronunciada por Jaurès en un mitin socialista encabezado por Anatole France.

Defensor del próspero y culto pueblo armenio y de su Causa, y solidario con la Federación Revolucionaria Armenia que resistía las matanzas precursoras del Genocidio, en 1900 Jaurès fundó, con Clemenceau, Quiles y Zola, el periódico Pro-Armenia y, en 1904, el mítico L’Humanité. Junto a Emile Zola defendió a Alfred Dreyfus en el extenso proceso judicial marcado por el nacionalismo y el antisemitismo de la dirigencia francesa.

Su amplio perfil incluía un profundo sentido del humanismo y un consolidado pacifismo; acérrimo opositor a la guerra –la razón más fuerte de su lucha–, esto le costó la vida: fue asesinado por Raoul Villain, un mercenario nacionalista, el 31 de julio de 1914. Tres días después, estallaría la I Guerra Mundial. Arrastrados por el conflicto, los partidos socialistas europeos –y el argentino– viraron de sus posiciones antibelicistas e internacionalistas al nacionalismo, a partir de una guerra definida por Jaurès como interimperialista y colonialista. Ante su inminencia, dijo en el Congreso de Basilea (1912): “Llamo a los vivos para que se defiendan del monstruo que aparece en el horizonte, lloro sobre los incontables muertos caídos en el Oriente, cuya fetidez llega hasta nosotros como un remordimiento; destruiré los rayos de la guerra y los arrojaré a las nubes”.

De nada valieron sus esfuerzos y los de Rosa de Luxemburgo, entre otros, por convocar a una huelga general internacional a fin de evitar la gran contienda y hacerle frente a “la horrible pesadilla”. La guerra provocó la escisión del movimiento socialista internacional. Según Trotsky, el asesinato de Jaurès “fue el último eslabón de una confusa campaña de odio, mentiras y calumnias que mantenían contra él todos sus enemigos (…) que debían limitarse a atacar sus ideas y sus métodos de acción: como personalidad era casi invulnerable”.

La actualidad de su pensamiento ha inspirado en socialistas de todo el mundo la construcción de alternativas políticas democráticas y progresistas. En mayo de 1981, en su asunción como presidente, Mitterrand y la sociedad francesa colmaron de rosas las tumbas de Jean Jaurès y del líder de la Resistencia Jean Moulin, en el Panteón de París. En nuestro país, Raúl Alfonsín –que lo admiraba– no solo recobró el ideario de Alem e Yrigoyen: fue pensando en hombres como Jaurès que impulsó la incorporación de la UCR a la Internacional Socialista.

La actualidad de su pensamiento, finalmente, radica también en los contextos de crisis civilizatoria que en aquel entonces desembocaron en grandes tragedias y hoy nos comprometen a trabajar intensamente para prevenirlas y evitarlas.

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