Discurso pronunciado por Leandro Despouy al recibir la distinción de “Visitante Ilustre” de Montevideo

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Montevideo, 28 de agosto de 2009

Señor Intendente de Montevideo

Dr. Ricardo Ehrlich

Estimados amigos

El Uruguay que conozco tiene múltiples facetas. La que he frecuentado en los últimos tiempos  está relacionada con mi trayectoria diplomática que se sitúa en el escenario de la vida internacional, lo que me ha permitido entablar vínculos con hombres de Estado como es el caso del ex presidente Julio María Sanguinetti, con quien he tenido el honor de compartir en los últimos tiempos algunos paneles. Siendo un hombre que procede de un país democrático como el Uruguay, hace ya tiempo que advierte a la región sobre los riesgos del populismo autoritario, con todo lo que ello entraña de negativo para nuestro marco institucional y que los cientistas políticos llaman “democracias delegadas” y algunos escritores identifican como la “tentación autoritaria”.

Pero el Uruguay y los uruguayos que conocí en el pasado y de los que hablaré en esta oportunidad se sitúan allá,  hace tiempo, cuando al país lo atravesaban los infortunios de una dictadura militar que empujó a miles de uruguayos al ostracismo y al exilio.

Fue entonces, en mis años de joven abogado, cuando decidí asumir la defensa de refugiados latinoamericanos que escapaban de sus dictaduras y creyeron encontrar en mi país el ámbito que les daría amparo y protección. Recordemos el Chile del Pinochet recién instalado, a los militares brasileños, a los  que derrocaron en  Bolivia al presidente Juan José Torres, el Paraguay de Alfredo Stroessner, mientras en la Argentina se desataba una violencia institucional despiadada, que se expandía en toda la región y que costó en mi tierra, ya entonces, la vida de miles de personas, entre las cuales recuerdo al ex presidente Torres, al general Carlos Prats, a Zelmar Michelini, al “Toba” Héctor Gutiérrez Ruiz, entre otros. En esos años tuve a mi cargo la defensa de un gran número de refugiados, entre los cuales había muchos uruguayos. Recuerdo la enorme repercusión que  tuvo la transferencia ilegal de Rodríguez Coronel y otros tres secuestrados desde la Argentina al Uruguay y que podría decirse que fue una de las primeras acciones que tomaron estado público de lo que más tarde se configuró como el siniestro Plan Cóndor.

Pero, del mismo modo, la violencia me incluyó como destinatario. Las denuncias públicas, las defensas y una actividad frontal contra del deterioro institucional del gobierno de María Estela Martínez de Perón, que instauró prácticas del terrorismo de Estado, me obligaron al exilio luego de amenazas, persecuciones y atentados que incluyeron el asesinato del gran abogado Silvio Frondizi, con quien hice muchas defensas.

Empujado al exilio, continué la militancia a través de la denuncia en el Tribunal Russell, primer tribunal de opinión que había analizado años antes los crímenes en Vietnam y que en 1975 recogió casos como el de los ciudadanos uruguayos asesinados Guillermo Jabif, Daniel Banfi y Luis Latrónica; el capítulo de los crímenes que se estaban cometiendo en la Argentina no estaba previsto en el Russell porque no se conocían y se trataba de un gobierno constitucional. Fue la decisiva intervención de Julio Cortázar, y Gabriel García Márquez, jurados del Tribunal, lo que permitió que pudiese brindar testimonio. Junto a la Sra. Olga Donda de Jabif denunciamos la cruel represión desatada contra los refugiados uruguayos en la Argentina. Hoy, 35 años después, la causa contra la Triple A por crímenes contra la humanidad se ha reabierto en la Argentina para investigar, precisamente, estos asesinatos.

Ya en el exterior pude reencontrarme con muchos de los que habían sido mis defendidos y con muchos otros que habían emigrado. Juntos compartimos las adversidades del destierro y al mismo tiempo luchamos para salvar vidas, rescatar detenidos, combatir las dictaduras y bregar por la recuperación de la democracia en la región.

En ese contexto se inscribe mi profunda amistad con Hugo Cores, a quien conocí en la Argentina. Cores había sido secuestrado y desde Europa logramos que el abogado francés Jean Louis Weil viajara a la Argentina y lograra el reconocimiento de su detención. Permaneció un tiempo encarcelado y cuando recuperó la libertad viajó a Francia, donde cultivamos una intensa amistad, plena de acontecimientos. Compartimos una férrea militancia y acciones de solidaridad en uno de los momentos más desgarrantes de la represión que se agigantaba en la Argentina luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Hugo fue un hombre de profundas convicciones, un luchador tenaz e indómito, un militante polifacético que resolvió abandonar París para acercarse –en plena dictadura– nuevamente al escenario de la realidad regional, cuando todavía habrían de quedar muchos años de gobiernos militares. Fue un hombre de izquierda y, aun para quienes nunca compartieron sus ideas, su vida es un ejemplo que honra la política.

Otros políticos uruguayos que me conmovieron fueron  el ex senador don Enrique Erro, brillante orador como otros compatriotas de su tiempo que proyectaron sobre nosotros el discurso más calificado de la época. Evoco también a Ferreira Aldunate…, el fogoso y entrañable Wilson. De él conservo recuerdos imborrables; algunos de ellos son tan vívidos que todavía hoy alumbran mi vida.

Recuerdo aquella entrevista del diario Le Monde…. que la inicia con esta imagen:

el Uruguay es un país pequeño, ni muy rico ni muy pobre, que se encuentra en la intersección de dos grandes países… esto no es un  privilegio, tampoco una desgracia porque hasta hace poco su pueblo pudo vivir una experiencia de convivencia humana sólo comparable  a las que se vivían en las democracias más avanzadas de entonces.

Recuerdo también la sagacidad –propia de su aguda inteligencia–  con la que Wilson respondió a una parlamentaria británica que, en el contexto de una audiencia en el Consejo de Europa, le preguntó si no constituía una carga más sobre el desafortunado pueblo oriental que no se aprobara, como Wilson solicitaba, el préstamo que el gobierno uruguayo había gestionado ante el un organismo internacional.

“Yo no promuevo un boicot al pueblo uruguayo”, respondió, “lo único que le pido a Europa es que no financie el salario de los militares que me empujaron al exilio y que deberán pagan mis nietos”.

Y aquella conferencia de prensa que dio en el Senado de Francia para pedir en particular la libertad del general Liber Seregni, entonces detenido en el Uruguay. Lo hizo con fuerza, con determinación y sincera admiración por el general. Recuerdo que dijo:

“No pensamos igual, pero ambos queremos recuperar el escenario electoral en el que podamos construir la democracia incluso a partir de nuestras diferencias”.

Esto demuestra por sí solo uno de los rasgos más genuinos  de Wilson y que, al mismo tiempo, traduce el sentido cívico de este pueblo que pudo ofrecernos más de 20 años después la amable sorpresa de un gobierno de izquierda democrática, el del Frente Amplio, seguramente como lo soñaba su fundador que se encontraba en una cárcel uruguaya mientras otro compatriota reclamaba en Paris por su libertad.

Porque quiero agradecer y quiero celebrar lo que durante tanto tiempo nos ha unido, no evocaré en esta oportunidad episodios que nos entristecen a todos y que –todos sabemos, o al menos esperamos– habrán de ser momentáneos y prontamente superados. La Argentina y el Uruguay –salvo cuestiones esporádicas– tienen una larga, digna y honrosa historia de ser países de generosa acogida a los de la otra orilla y siempre han estado unidos por  lazos de amistad aun  en los momentos de mayor adversidad, lo que dio lugar a una secuencia de exilios y destinos cruzados.

Ningún politólogo en el mundo podría haber imaginado y menos aún vaticinar que dos países como la Argentina y el Uruguay habrían de protagonizar un diferendo tan prolongado. Lo más importante es que esta situación nos daña gravemente y salir de ella debe ser una prioridad impostergable, apoyada en los profundos vínculos de amistad entre nuestros pueblos.

Quedan por narrar, claro está, tantas buenas y memorables anécdotas… Y quedan por mencionar muchos nombres que llegan a mi memoria en esta breve evocación. Porque con muchos uruguayos me une también una larga lucha contra la violación de los derechos humanos y por la recuperación de la democracia en otras latitudes y en otros países de la región. Tal fue el caso de la creación en los 70 del “Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en el Uruguay” (SIJAU).

El SIJAU estuvo integrado por reconocidos juristas internacionales, como Luis Joinet y Philippe Texeier, de Francia; Juan Saavedra, de Chile; los uruguayos Edgardo Carvallo, María Elena Martínez, Alejandro Artucio y los hermanos Mario y Alba Dell’Acqua; Hipólito Solari Yrigoyen y yo mismo, de Argentina. Artucio, actual embajador en Ginebra, recuerda con gran fidelidad en una nota periodística lo que representó el SIJAU en la denuncia internacional. Habla incluso de quienes encarnaron su cotidianeidad en un pequeño local de Par{is, donde estaba Pila Salaberry.

Cuando la situación en el Uruguay mejoró, los mismos juristas trasformamos en SIJAU en el “Secretariado Internacional por la Democracia en el Paraguay” (Sijadep) de gran actuación en la lucha contra la dictadura de Stroessner. Más tarde, recuerdo los esfuerzos que en forma conjunta realizamos con ese gran jurista uruguayo y ex canciller, Héctor Gross Espiell, para impedir que el general Lino Oviedo escapara de la acción de la justicia, luego del intento de golpe de Estado, cuando el Paraguay ya había recuperado la democracia.

Es demasiado lo que podría decir de mi querida amiga Belela Herrera, cuya vida es casi de leyenda.  Lo cierto es que Belela ha adquirido ciudadanía universal; sin dejar de ser uruguaya ha pasado a ser de todos y correspondería que –al menos– la declaremos patrimonio común de los países de la región. Primero conocí a los uruguayos perseguidos que ella había rescatado milagrosamente del pinochetismo  tras el golpe del 11 de setiembre de 1973; años más tarde la vi en Buenos Aires a cargo del ACNUR, cumpliendo siempre con fidelidad su misión humanitaria; a mediados de los 90 nos encontramos en Haití entre los vientos huracanados de la sanguinaria dictadura del general Cedrás, invariablemente empeñada en la misma lucha de salvar vidas en aquel escenario fantasmal, donde la muerte visitaba los hogares disfrazada con uniforme de general, o con la salvaje indumentaria de los  parapoliciales, o con las armas silenciosas y letales de los sacerdotes del vudú.

Recuerdo que durante la dictadura dos grandes juristas franceses, Louis Joinet y Jean Louis Weil, protagonizaron en el Uruguay una memorable anécdota. Enviados por el SIJAU para gestionar la libertad de detenidos políticos, entre ellos el general Seregni, se dirigieron a su casa y fueron atendidos por dos mujeres que los dejaron en larga espera y se apresuraron a emperifollarse antes de hacerlos pasar. Entre las barreras idiomáticas y el sigilo y la prudencia de los enviados, el encuentro prolongó por más de una hora una situación en la que ninguno entendía nada y que finalmente reveló dos grandes equívocos: Joinet y Weil habían errado el domicilio y  las damas –que no esperaban la visita de dos juristas internacionales- pensaron que se trataba de dos mormones a los que ellas sí querían agasajar.

Hay tantos episodios y situaciones que gravitan fuertemente en mí, como fue aquel  regreso inesperado a Europa luego de haber estado 24 horas en Brasil, intentando en vano comunicarme con Lilian Celiberti, quien en ese momento estaba siendo secuestrada en su casa de Porto Alegre, antes de ser transferida ilegalmente al Uruguay junto a sus dos hijos y a Uversindo Rodríguez Díaz.

La lucha contra la impunidad ha formado, y forma, parte inseparable de mi vida. Durante casi 40 años he transitado buena parte del mundo creciendo en compañía de tratados y protocolos de la justicia internacional, también como experto de las Naciones Unidas, para que los derechos humanos y la justicia puedan tener vigencia para los pueblos, incluso con Estados de excepción. Las realidades y culturas de cada país imponen sus propias dinámicas, pero todos debemos tener en cuenta que la lucha contra la impunidad es una obligación de los Estados y que el derecho a la verdad integra el patrimonio de los pueblos.

Ha sido esta familiaridad con el Uruguay lo que me permitió compartir y disfrutar de sus intelectuales y grandes artistas, tanto durante como después del exilio. Me refiero a Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Daniel Viglietti, los Olimareños; y a mi gran amigo José Carbajal, el Sabalero, siempre recordando a Juan Lacaze, su pueblo ribereño.

Como sabemos, el Uruguay y la Argentina son países que comparten destacados ámbitos de la cultura, entre ellos el de las letras. Muchos intelectuales han contribuido a que la literatura rioplatense adquiera una identidad regional que no conoce fronteras. Y estudiosos del tema se preguntan la razón de que haya crecido justo aquí lo que se conoce en el mundo entero como “literatura fantástica rioplatense”: Quiroga, Cortázar, Borges, Felisberto Hernández… Y la gran poeta Idea Vilariño, recientemente fallecida. Muchísimos escritores dan cuenta de que lo rioplatense es una identidad. Como analiza Emir Rodríguez Monegal el lenguaje, lo fantástico, personajes desdoblados, ciudades inventadas; la ficción dentro de la ficción, que acaba por confundirse en una sola realidad.

Pero esta larga evocación de hechos, vivencias y personas tan queridas no debe inducirlos a pensar que mi propósito con este discurso es emular a Ireneo Funes, el paisano de Fray Bentos inmortalizado por Borges como “el memorioso”, cuya increíble memoria le impedía omitir detalle, al extremo de que necesitaba un día entero para contar lo acontecido en otro día.

En este caso, quiero decirles simplemente que de todo mi relato resulta evidente que hace mucho que soy uruguayo –que acaso sin saberlo me siento uruguayo– y, en esta oportunidad, lo que busco es agradecer el maravilloso gesto de haber podido oficializar esta condición… Porque ustedes saben que, más allá de las palabras, mi propósito no es otro que el de recordarles a todos ustedes que quien les está agradecido es un amigo de siempre y para siempre. Y que es desde lo mejor que hemos sido desde donde podemos proyectarnos a lo mejor que seremos.