(Cuento) La Confesión – de Leandro Despouy

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LA CONFESIÓN

 

Leandro O. Despouy

 

El comisario general de la Policía española en retiro Manuel Núñez Pedraza es uno de esos raros personajes que surgieron durante el periodo de transición política en España, y que jugaron un papel invalorable en la consolidación del sistema democrático. Pero sus peculiaridades abarcan también otros rasgos no del todo comunes en sus colegas, como la sencillez con que se expresa y la forma no convencional en que habla de sus peripecias y de los avatares de la profesión de agente del orden. A los 50 años, no solo es abuelo sino que además goza de la alegría y la dicha de tener una compañera inseparable, cuyo nombre, Encarnación, habla por sí solo de sus dones y encantos.

Modesto, disimula con ingenio su visible estirpe de hombre afortunado. Entre las múltiples aventuras de su trayectoria se cuenta la de haber sido el fundador y primer presidente del Sindicato de Comisarios de España, y haber creado un provocador mecanismo de autocontrol policial, clandestino, del que entonces no se enteraron los jueces. Fue tan eficaz, que el propio personal policial se autocontrolaba las infracciones que podía cometer antes de que fueran a consumarse. Ya cumplido su ciclo más importante en España, pasa gran parte de su tiempo en misiones especiales de las Naciones Unidas para participar en la formación y entrenamiento de agentes del orden y de funcionarios responsables de hacer cumplir la ley en países del Tercer Mundo, sobre todo en los que estén atravesando periodos de transición a la democracia.

Lo conocí en un seminario para jueces y policías en el Paraguay, oportunidad en la que ambos éramos disertantes. Este hombre sabio y experimentado daba sus charlas con un entusiasmo inusual y su principal atractivo eran la franqueza con que se expresaba y la originalidad de sus métodos pedagógicos, que nos causaban sorpresa y más de una vez llegaron a conmovernos. Sin embargo, lo que no podíamos suponer en ese momento era el grado de crudeza y realismo que habría de darles a sus relatos. En medio de una discusión frontal, sincera y muy acalorada, con varios jueces y policías que participaban en el seminario (sobre la relación positiva entre el respeto de los derechos humanos y la eficacia en la investigación criminal), el ex comisario se detuvo, miró hacia atrás y le dijo al otro expositor español que habría de sucederle:

–Paco, cuenta, por favor, la historia de los dos muditos.

–¿Cómo? –respondió perplejo su acompañante.

–Sí –dijo Manuel–, cuéntanos aquí la historia de aquellos muditos a los que les enseñaste a hablar.

–Bueno, aunque no lo veo conveniente, si usted me lo pide, Comisario… Después de todo, estamos entre colegas, y quienes no lo son también pueden entenderlo.

–Sí. ¡Cuenta, hombre!, que aquí más de uno debe haber conocido o vivido historias parecidas.

 

Paco, joven y expresivo, arrancó con el relato. Hacía mucho tiempo, cuando acababa de ingresar a la Guardia Civil, debió cumplir funciones en su provincia natal. Por eso, era particularmente sensible a la imagen o la opinión que pudiera hacerse la gente de su propio pueblo acerca de su eficacia profesional como policía.

Eso explica que la denuncia sobre el robo en la caja fuerte de don Rodrigo Pena de Mendrete movilizara todas sus energías. Se trataba, nada más ni nada menos, que del hombre más importante del poblado. Ex juez, hombre rico y de alcurnia, don Rodrigo había conservado e incluso acrecentado su fortuna a través de una conocida oficina de escribanía que destinaba el grueso de sus actividades a discretas pero voluminosas operaciones de préstamo y usura. Muy amigo de los obispos, influyente y severo, era viudo hacía dieciocho años, cuando su mujer se quedó en el parto del único heredero, un muchacho regordete y fofo que, para colmo, ni siquiera podía articular una palabra.

La información sobre el robo llegó por una llamada del mismo don Rodrigo y de inmediato Paco y el comisario Robles fueron a la casa. Los llevó a su escritorio y allí les mostró la caja fuerte, que aún permanecía abierta. Pero lo que más indignación parecía causarle era la facilidad con que se había perpetrado el robo: sin ejercer fuerza y utilizando su propia llave. Y aunque la suma no era muy alta, había que descubrir al ladrón, pues de lo contrario don Rodrigo no dormiría tranquilo. Ni tampoco dormiría tranquilo ningún policía del pueblo, pues nadie tendría garantizado el cargo mientras el robo no fuese esclarecido. Al menos, esa fue la convicción que Robles le transmitió a Paco:

–Hay que dar con el delincuente, cueste lo que cueste. Se haga lo que se haga, usted me lo trae, ¿entendido?

Las primeras pistas concretas y relevantes conducían con toda coherencia al propio hijo de don Rodrigo Pena de Mendrete, aquel muchachote de aspecto indefinido, de entre quince y diecocho años, sordomudo, cuya discapacidad había acentuado otras de tipo emocional o mental.

La única ventaja de su profunda sordera era que le permitía no escuchar los insultos de su padre, que lo responsablizaba de haber quedado viudo. Desde la muerte de su esposa, la  vida social de don Rodrigo se reducía a visitar al Obispo, y su hobby predilecto era coleccionar armas. Arrogante, neurasténico y cada día más avaro, sus actividades profesionales se limitaban a ejecutar morosos e incrementar préstamos leoninos.

La pista se transformó en certeza cuando descubrieron que el hijo de don Rodrigo era íntimo amigo de otro mudito, un tanto más despierto y astuto. Ambos eran como hermanos. Estaban la mayor parte del día juntos, por lo que Paco y Robles se jugaron una fija cuando los llevaron a la comisaría, los pusieron de pie mirando la pared y les dijeron que tenían cinco minutos para confesar el pecado.

Tanto para Paco como para quienes tenían mucha más experiencia que él, lo lógico era –y esa fue la composición de lugar que se hicieron– que a los pocos minutos, o como máximo antes del transcurso de una hora, los muditos terminarían por inventar algun método ingenioso para indicarles dónde estaba el cuerpo del delito, vale decir, el dinero de don Rodrigo.

Sin embargo, no fue así, y ambos permanecieron quietos, casi inmóviles, como aterrados, sin hacer el más mínimo gesto, salvo el de cerrar los ojos cuando se los miraba de frente y se les exigía una confesión. ¡No hubo caso! Las horas pasaban y ambos permanecían quietos e impávidos, como momificados.

La convicción de que eran los autores del hecho delictivo y la inquietud iban en aumento a medida que se incrementaba la presión de don Rodrigo. Por eso, no les costó demasiado golpearlos y castigarlos por primera vez. Los muchachos ni siquiera lloraban, y la paciencia policial se iba agotando. De las manos y el cinturón pasaron a la picana, y de esta a todo tipo de suplicios, hasta que un día, por fin, los muditos hablaron, y aunque no fue mucho lo que dijeron, para Paco y Robles era, en principio, suficiente.

Paco tenía a uno apretado entre las rodillas y al otro le golpeaba fuerte las orejas cuando leyó en los ojos de ambos la decisión de hablar.

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui! –dijeron ambos, al unísono.

Aquellas primeras palabras de los muditos llenaron de alivio y alegría a los policías. Contentos y satisfechos, de inmediato fueron a la casa de don Rodrigo y con todo entusiasmo le dieron la noticia.

–Par de idiotas –dijo con sequedad y desprecio don Rodrigo–. Ahora, me consiguen el dinero, todo el dinero, me entiende, don Robles –y lo repitió una vez más.

Desesperados, al día siguiente salieron a la caza de los dos muditos. Los encontramos en una esquina. Estaban jugando con una herradura que había perdido el caballo de un cochero, y reían cada vez que uno o el otro se la apoyaba en la  frente. Al ver a los policías se pusieron muy nerviosos y cuando les hicieron señas de que se los llevarían a la comisaría empezaron a decir:

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!

Lo decían  en forma monocorde, como si repitieran una frase largamente ensayada.

En la comisaría empezaron a pegarles y pegarles con brutalidad, pero no soltaban prenda. Al día siguiente tampoco hubo resultados, y tampoco en los días subsiguientes; aquello se transformó en rutina. Lo cierto es que cada vez que ellos los veían, se tomaban de la mano y repetian:

–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!

Todo lo que hicieron Paco y Robles fue en vano. Tan seguro estaba Paco de lo que hacía, que se atrevió a contárselo a su esposa:

–Realmente, ya no sé cómo hacer. No sé si son estúpidos o se hacen, pero yo no puedo más. ¡Les he dado las palizas más grandes de mi vida, sin resultado alguno, y es eso precisamente lo que todas las mañanas nos exige don Rodrigo!

La mujer de Paco lo miró con lástima e inocultable desprecio. Indignada, le dijo que se avergonzaba de él, que ella sufría tanto o más que los muditos, porque ella era su esposa, y lo amaba. Y que se sentía humillada porque la tortura denigra más al que la practica que al que la sufre. Y que, a pesar del inmenso dolor que le causaría a ella si algún día lo torturaran, prefería estar casada con un torturado antes que con un torturador.

Durante tres o cuatro días Paco no hizo nada, pero estaba enloquecido, perturbado. Sentía una doble humillación: sobre todo, porque para su esposa el verdadero héroe de la película no era él sino los muditos, cuyas fechorías le faltaba probar, y, en segundo lugar, porque no obtenía resultado alguno, pese a la brutalidad de los medios que aplicaba.

Sin embargo, esta confusión y el inmovilismo que el reto de su mujer trajo aparejados no duraron mucho, porque don Rodrigo llamó a Robles y le dijo que el dinero tenía que estar de vuelta en su caja fuerte en los próximos días.

Paco encontró a los muditos en la calle. Ellos, en vez de pronunciar su saludo habitual, le entregaron un diario doblado, dentro del cual había unas pesetas y algunos caramelos. Pero el dinero era muy escaso, y a golpes les dio a entender que la cantidad que debían devolver era exactamente la misma que habían sustraído de la caja fuerte de don Rodrigo.

Pleno de rabia y de enojo, esta vez se decidió a seguirlos; quería ver con quiénes se encontraban, dónde guardaban el dinero. Pero se llevó una sorpresa que lo dejó helado.

–¿Sabes lo que hacen tus regalones y protegidos muditos? –le enrostró Paco esa noche a su esposa–. Son lisa y llanamente dos vulgares rateros. Esta mañana los seguí y los vi tratando de robar dinero de la caja de la carnicería de don Sancho, que, para colmo, parece quererlos mucho. Yo los vi, te juro, los dos estúpidos, tratando de meter la mano en la caja, cuando llegó la mujer.

–Sí, no te discuto –dijo la esposa–. Pero un torturador es peor que un ratero, ¿me entiendes?

Paco terminó por convencerse de que sería más fácil que los muditos le entregaran todo el dinero faltante que lograr que su mujer comprendiera las enojosas exigencias de su profesión.

Al día siguiente, no tuvo necesidad de ir a buscarlos, sino que ellos fueron a la comisaría, aunque esta vez sonrientes y contentos, a dejar… veinticinco duros. Demasiado poco. ¡Les dio una paliza…!

 

Finalmente, se resolvió el misterio.

Resultó ser que una muchacha de no más de quince años –que, mientras don Rodrigo dormía la siesta en el solemne sillón de la biblioteca solía acariciarle la pantorilla– había aprovechado para abrir, con la propia llave de su dueño, la caja fuerte y se había llevado el sobre tan buscado, sin saber cuánto contenía. Las muchas palizas y reprimendas que le dio su madre la decidieron a entregar el sobre a un primo, que también era policía, sin haber tocado un solo duro.

Paco y su jefe le llevaron a don Rodrigo el sobre intacto, pues nunca había sido abierto. Él lo recibió contrariado, como con desgano. En sus ojos seniles había disgusto e indiferencia, acaso por el bochornoso desenlace de la investigación.

Cuando los policías se iban,  en la puerta estaban los dos muditos, que se pusieron muy nerviosos, se tomaron de la mano y entonaron su cantinela:  “¡Sí, sí; yo fui, yo fui!”.

Paco y Robles, los grandes pedagogos de la ciencia, el amor y la comunicación, que hasta habían logrado hacer hablar a dos muditos, aprendieron de golpe lo que eran la vergüenza y el autorrepudio y se sintieron acusados por la mirada inocente, generosa y profundamente humana de las dos criaturas.

“En aquel momento”, finalizó Paco su relato, “comprendí que a veces los verdugos flagelamos por encargo de otros hombres más crueles aún que quienes torturamos, y sentí ganas de llorar como las que siento ahora, cuando recuerdo que en mi provincia natal –allí adonde hubiese querido volver con mi mujer y mis tres hijas– un par de muditos, durante mucho tiempo, cada vez que veían un policía en la calle se tomaban de la mano y al unísono repetían:

”–¡Sí, sí; yo fui, yo fui!”.