Con JFK murió una esperanza

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Antes de morir, Kennedy marcó su impronta pacifista. Se opuso a la invasión a Bahía de los Cochinos en 1961 y negoció con Kruschev el retiro de los misiles de Cuba.

Edición Impresa: viernes, 22 de noviembre de 2013. Por Leandro Despouy (*) – Especial para Los AndesAún hoy el mundo se pregunta por qué aquel 22 de noviembre de 1963 murió en Dallas, cruelmente asesinado, John F. Kennedy, el hombre más admirado y prestigioso de esa época, presidente de los EEUU, el país entonces más poderoso del planeta.Quizás debamos remontarnos a los orígenes de aquella nación y encontrar en el asesinato de Lincoln la réplica, la semejanza, o al menos el presagio de tamaño magnicidio. Quien en 1865 apretó el gatillo contra el padre de la patria también sería, a su vez -como Oswald más tarde-, asesinado.

Hoy nadie duda de que con aquel disparo lo que se buscaba era frenar la lucha contra la esclavitud, la conformación de un país unido bajo un régimen federal, el progreso de los derechos civiles y políticos que alumbraron desde su nacimiento el ideario norteamericano.
Con la muerte de Kennedy se rompieron quimeras e ideales y con ella triunfó el complejo industrial militar que habría de cimentar la más furiosa carrera armamentista.

Kennedy ya había marcado su impronta pacifista con el proyecto de cerrar más de la mitad de las industrias de armamentos y material bélico. Reconoció públicamente que el intento de invasión a Bahía de los Cochinos en 1961, había concluido con un justificado fracaso:

“Nos pegaron la patada en el traste que nos merecíamos”, les dijo a los operadores de la CIA que habían montado, en contra de su voluntad, el desembarco más vil y vergonzoso de la historia.

El retiro de los misiles nucleares de Cuba, negociado directamente entre Kennedy y Kruschev, le había demostrado al mundo que un diálogo responsable y de confianza (recordemos aquella comunicación directa entre EEUU y Rusia que más adelante derivó en el famoso teléfono rojo y exclusivo con el que se consultaban) podría ser más eficaz que diez años de escalada armamentista.

El síntoma más visible de lo que significó su muerte fue el posterior y casi inmediato envío de tropas a Vietnam, que inauguró un ciclo de guerras de expansión que en muchos casos, no sólo en Vietnam, habrían de concluir con una traumática derrota y miles de víctimas.

No fueron sólo la vitalidad y el ímpetu renovador de sus propuestas los únicos atributos que dieron fuerza a su atractiva figura. Sus políticas se asentaron siempre en el vigor de sus ideales. Estos, de claro perfil progresista, se forjaron al amparo del gran laborista inglés, Harold Laski, su profesor en Londres, ciudad a la que acudió a estudiar expresamente para conocer el pensamiento y las experiencias de la socialdemocracia europea, cuando su padre se desempeñaba como embajador en Inglaterra.

Es difícil imaginar un mundo distinto del que hemos vivido, pero, de hacerlo, podríamos estar seguros de que sin aquella tragedia, las guerras, la amenaza nuclear, la carrera armamentista y el dominio por la fuerza hubiesen encontrado en John F. Kennedy el más férreo y valiente enemigo. JFK pretendió asestar un golpe mortal a todos esos intereses, y ello le costó la vida.

La muerte de su hermano mayor en un accidente aéreo marca el inicio de las tragedias que signarían a la familia. El asesinato de su posible sucesor y carismático hermano Robert (Bobby); la muerte de John-John, su hijo y otros infortunios hicieron que el nombre de los Kennedy quedara cargado para siempre de un cierto cariño, admiración y respeto, y que todos los recordemos con algo de congoja.

Conocí al diputado demócrata Joseph Kennedy, descendiente de Bobby Kennedy, y seguramente el más político y militante de la nueva camada del clan. Como su antecesor, tiene una profunda vocación por América Latina y fue muy solidario con el pueblo haitiano durante la crisis política de 1993-1994 en cuya resolución intervine como mediador de la ONU y de la OEA.

El asesinato de Kennedy conmovió a la humanidad y truncó por décadas esa visión entusiasta y esperanzadora que el mundo tenía de su propio destino. Conmemorar el 22 de noviembre debe servirnos para recoger ese espíritu transformador que proyecta hasta hoy su figura, e inspirados en su valiente trayectoria, empezar a alejarnos del dolor de la guerra y de la muerte.

(*) El autor es Doctor en Derecho y preside la Auditoría General de la Nación de Argentina. Nacido en San Luis, entre 2001 y 2002 fue presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.int-567540